LETRAS REGALADAS PARA AQUELLOS QUE QUIEREN SOÑAR

Querido Ser humano:

El libro que tienes en tus manos es una bella iniciativa que se gestó en lo más profundo de nuestros corazones. La impotencia que nos atenazaba el alma observando impávidos el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas de HAITÍ, nos movió a parir una idea por la incipiente necesidad HACER ALGO, de manera que lanzamos al aire y a algunos correos electrónicos invitaciones para todos nuestros bellos amigos y amigas: escritores, ilustradores, fotógrafos, dibujantes, personas comprometidas…bellísimas personas. Se trataba de colaborar con lo que cada uno hiciera mejor, una aportación para conformar un libro.

Teníamos la absoluta certeza de que entre todos y todas haríamos un trabajo bello, porque las ideas que nacen del corazón se convierten en bellas realidades casi indefectiblemente. Y esta es una historia con corazón. La respuesta no se hizo esperar y una auténtica avalancha nos inundó el correo de colaboraciones y los ojos de lágrimas, y poco a poco con trabajo y amor conformamos esta aventura que vas a emprender en forma de LIBRO y que desde que la has adquirido ya ha cumplido su misión. AYUDAR A NUESTROS HERMANOS Y HERMANAS HAITIANOS.

Este no es un libro cualquiera, porque tiene alas, y tiene corazón, si te lo acercas huele a cariño, lo rodean todo los colores del arco iris, sabe de todas las lenguas del mundo porque de todo el mundo nos llegaron letras. Letras solidarias, letras llenas de solidaridad. Es un libro vivo que sabe para que nació, y se siente orgulloso de sí mismo.

El corazón de la tierra late de alivio, hace días que llora desconsolada; tuvo que estornudar, no le quedaba otra opción que estornudar, llevamos demasiado tiempo tocándole las narices, tiene la paciencia de una madre pero todo tiene un límite, y como una madre llora también lo que ha ocurrido, todos y cada uno de sus habitantes son sus hijos e hijas queridos... ¡qué lástima que haya tenido que ser así! Actuemos como la gran familia que somos como EL TODO que somos, por nuestros y nuestras hermanas y por nuestra madre que llora su dolor.

Prólogo: Teresa Delgado Duque

lunes, 12 de enero de 2015

A UN PUEBLO QUE YA HABÍA MUERTO, de Soledad Arrieta

A un pueblo que ya había muerto, de Soledad Arrieta
Foto: AP/ Ramón Espinosa  ©
De repente el mundo se detuvo para ellos. Para ellos, cuyo tiempo siempre transcurría un poco más lento, como para muchos otros.
Imagino a un niño inventando el mejor de los juegos tan sólo con una piedra, o una rama. Quizás este nuevo juego era mucho mejor que el más moderno juguete capitalista, pero los niños de ese otro mundo jamás lo sabrían, nada fuera de su sistema tendría valor.
Imagino a una mujer llorando por no tener cómo alimentar a sus hijos y a un hombre desgarrado de impotencia por no saber cómo seguir.  Imagino que el niño sería hijo de ese hombre y esa mujer, pero no sería el único.
Imagino a una joven que llega a Puerto Príncipe intentando escapar de la miseria, quizás con la vana ilusión de que lo lograría. Imagino que habría dejado a su familia y quizás a algún novio. Pero todo valía la pena para ella.
Imagino una isla perdida, de la cual nadie se acordaba. Imagino a sus habitantes sufriendo todo tipo de dolencias. Imagino que el dolor sólo podía curarse con alguna sonrisa aislada, pero que no duraría ya que, a la mañana siguiente, otra vez necesitarían comer y beber y no tendrían los medios para hacerlo, o de pronto verían a alguien morir porque sí,  porque no tenía como vivir.
Imagino que en esa isla, tal como dije al principio, el tiempo no transcurría como para nosotros. Y quizás eso estaba muy bien para sus habitantes, aunque sufrieran profundamente sus consecuencias.
Imagino de pronto que el niño que jugaba en la calle no se sintió bien, un pequeño mareo, pensó. Un pequeño mareo que surge de varios días sin ingerir nada. Luego el niño habría querido pararse para entrar a donde estaba su mamá. Pero en el camino se debilitó más aún y cayó al suelo. Imagino que no volvió a levantarse nunca más.
Imagino a una población desganada, atormentada, lastimada, quebrada, que de pronto sintió un leve temblor y luego una fuerte desesperación. Imagino que todos ya sabían que iban a morir, pero no en esas circunstancias.  Imagino a la gente corriendo desbordada e imagino a quienes no pudieron correr. Imagino a un niño, a una mujer, a un hombre y a una joven, bajo los escombros de la catástrofe. Los imagino queriendo sobrevivir y pienso que quizás muchos de ellos lo logren, ya que estaban acostumbrados a subsistir sin víveres.  Imagino que sólo aguardaban la muerte, que no esperaban salir.
Imagino filas y filas de militares estadounidenses bajando a la isla. Imagino sus armas y el terror de algún joven que temía que de pronto alguien baje de ese avión con la bandera de estrellitas y la clave en su suelo. 
Imagino que nos estamos olvidando de algo. Imagino que ese olvido se debe a que siempre sentimos el dolor en la estocada final. Imagino que de esto, al menos, podríamos aprender mucho. Imagino que las potencias que hoy se mueven por esta gran catástrofe podrían empezar a moverse con antelación por los pueblos que se van muriendo de a poquito.

Imagino que no hay nadie en ese lugar que no hubiese estado esperando la muerte. Y eso duele más aún que la muerte en sí. 
Soledad Arrieta 
Todos los derechos reservados
Prohibida copia total o parcial.
Texto perteneciente al libro solidario para Haití (letras regaladas para aquellos que quieren soñar)

No hay comentarios :

Publicar un comentario